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Tuve sólo un abuelo,
aunque proceda de dos. El que no tuve nunca debe estar
pudriéndose en el Infierno, el que tuve estará en el Cielo
intentando matar a Dios.
El abuelo que quiero, el que
me insultaba de niño por llamarme Hernán (“como el asesino
Cortés”) o me abofeteó un verano con su mano de minero por
meterme con mi primo pequeño, el que ronroneaba renco por la
trocha a la huerta o travestía chistes como vivencias propias, el que perdía mal a las cartas con
Rosalía (“Terio, calla…”) o explicaba cómo
allá en Fabero horadaba carbón encajado en un hoyito de medio metro de
bajo,
el que nunca me explicó cómo fue conocer a su mujer en la
cárcel esperando su ejecución o el que se ponía a temblar
como un descosido el día que por hacerle la broma mi padre
le ofrendó sobre la mesa un tinto etiquetado con el retrato de Franco, el que
se dejaba de hablar con mi padre y luego se volvían a hablar
pero no se decían nada y un día se abrazaban como osos
llorosos y tímidos o el que degollaba un conejo con tajo
seguro y lo despellejaba de un tirón aún pataleante, el que
rememoraba de su Mieres natal a su pariente lejano Víctor
Manuel antes de hacerse famoso cantando ("ese vago
maricón...") y me enseñaba el bulto de la bolita de carbón
que iba y venía por el ancho del pulgar bajo la piel, ese
hombre tenía ojos color almendra de asturiano digno, tierno,
fiero y dispuesto a no hincar la rodilla ante nadie. Ante él
el primero. Siempre
que miré esos ojos, supe que eran capaces de amar y de
asesinar. Y que seguramente hicieron ambas cosas.
Y pasado el verano, por casa
seguía viendo esos ojos en un disco que mi padre tenía -que
tengo yo ahora, si el cabrón no me lo vuelve a robar- de
Antonio Aguilar. Eran los mismos ojos severos y altaneros,
las mismas brasas capaces de orgullo y azote.
A mí de niño me gustaba más
Jorge Negrete, claro. El vicioso Negrete era mucho más
épico, efectista y espectacular. Aún me sigue asombrando.
Aguilar nunca pudo decir “en una choza muy humilde llora un
niño y las mujeres se aconsejan y se van” (este verso
también hacía llorar siempre al niño que escuchaba; al
adulto también) con la lírica delicadeza, el “paren el
mariachi que aquí me basto y me sobro” del virtuoso Negrete.
Pero uno crece y empieza a
comprender. Antonio Aguilar no cantaba para epatar ni
despertar reacciones previstas de asombro: hay quien expone
sus cicatrices con sobreactuados espasmos de mártir y con
pecho henchido de gallo; hay quien se limita a echar una
mirada o un fraseo quieto para bordar la elocuencia y el
milagro.
Aguilar era así. En principio
me creía que no podía llegar donde llegaban otros (el
poderío de Negrete, el falsete de Aceves Mejía). Pronto
aprendí que él llegaba a muchos más sitios que los demás.
Sólo consigno obras maestras:
“Por la mañana te miro muy
temprano, luego te guardo y te miro más al rato, y por la
noche te tiento con la mano, aunque no sea más que el puro
retrato” (de “Te traigo en mi cartera”); “Me gustan las
altas y las chaparritas, las flacas y gordas y las
chiquititas, solteras y viudas y divorciaditas, me encantan
las chatas de caras bonitas... que tengan hermanos que no
sean celosos, que tengan sus novios caras de babosos” (de “Yo, el aventurero”);
“Cuando yo me emborrachaba mi madre me iba a buscar, donde
quiera que me hallaba triste se ponía a llorar, y si algo me
pasaba ella me iba a consolar” (de “El huérfano”); “No sabe
ni entiende de cosas de amores, sus ojos grandotes no
expresan cariño: quién sabe si tuvo muchas decepciones,
quién sabe lo negro que fue su destino” (de “María la
bandida”); “Con tres balazos de máuser, corriste Azabache,
salvando mi vida. Lo que tú hiciste conmigo, caballo amigo,
no se me olvida. No pude salvar la tuya y la amargura me
hace llorar” (de “Caballo Prieto Azabache”); “Valente, tú no
eres hombre: eres un ocasionado” (de “Valente Quintero”); “O
a lo mejor sus ojos, leyendo en voz muy baja la carta que
expresara lo que la quiero yo, al llenarse de llanto la
hiciera mil pedazos, y allá en un basurero mi carta ahí se
quedó” (de “Carta perdida”); “Te vas porque yo quiero que te
vayas, a la hora que yo quiera te detengo” (de “La media
vuelta”); “Si la muerte me la dieras tú, con desprecio de tu
corazón, si la muerte me la dan tus brazos no habrá
prisionero más feliz que yo” (“Prisionero de tus brazos”);
"Adiós, mujer consentida, se despide tu rebelde. A ti te
debo en la vida estar sentenciado a muerte. Por eso,
mientras yo viva, mi suerte será tu suerte" ("Sonaron cuatro
balazos").
Antonio Aguilar viraba de lo
trágico a lo bufo con un requiebro de tono discreto, con un
matiz de dicción, con un zigzag de silencio. Era capaz de
cimentar con “Ruega por nosotros” (la historia de un hombre
que, fallecida su esposa, se despide de Dios antes de
cometer suicidio: “Eterno Dios, ante tu altar estoy aquí de
hinojos. Ella se fue… y yo quiero morirme, señor.
Perdónanos. Perdónanos, Señor, y ruega por nosotros”) el
recitado más ominoso, negro y desesperanzado del cancionero
mexicano; en el corte siguiente, mutaba en “El
tímido”, la crónica payasa de un pobre desgraciado que
lamenta haber sido violado por una hembra muy hembra (“Ella
me decía que sí… y yo le decía que no…”);
o transformaba el
más áspero corrido de la Revolución en una lección de
sabiduría popular, como si una piedra mexicana hablara (“Yo
fui miembro de aquellos Dorados, que por suerte llegué a ser
Mayor…”, de la crepuscular “El Mayor de los Dorados”). En
“Ay Chavela”, una de sus más brillantes interpretaciones,
convertía el “ay” titular en suspiro, lamento, quejido de
dolor, interjección de alegría, llamada de atención, gruñido
de deseo sexual, despedida funesta… suyo o de sus
personajes, que la transcripción no puede transcribir: “Al
mirar tus lindos ojos y al mirar tus lindas formas, yo me
digo: “ay, Chavela”... Y al saber que no me quieres y al
mirar que me desprecias, yo me digo: “ay, Chavela”... Cuando
paso caminando debajo de tu ventana, te echo un grito:
“¡Chavela!”… mas después sale tu hermano, y tu mama, y tu
papa, y me dicen: “¡Aaaay!”, Chavela…”.
Quizá por ese parecido con mi
abuelo, siempre pensé que Don Antonio Aguilar era viejo, que
a estas alturas tenía que ser ya centenario. Se ha muerto a
los 88 años. Mi abuelo se murió a los 89, hace ya cuatro.
Pasó la mitad de su vida retirado por principio de
silicosis. Duró. Y Rosalía, la mujer nervuda que me
levantaba a pulso de la bañera y me secaba a empellones, la
que me transmitió algún gen gitano o moro, se fue hace poco.
También duró. Ya no tengo abuelos. Ninguno ya me contará la
guerra.
Descubrí antes “El Rey” de
Aguilar que el “My way” de Sinatra, los dos grandes himnos
fúnebres (de José Alfredo Jiménez y de Paul Anka en verdad)
de los que están de vuelta, esas dos enormes declaraciones
de principios, o en rigor de finales: elegías narcisistas. Me quedo con “El Rey”,
claro: la recia chulería autodestructiva de “Yo sé bien que
estoy afuera, pero el día que yo me muera sé que tendrás que
llorar. Dirás que no me quisiste, pero vas a estar muy
triste… y así te vas a quedar” no la iguala la excusa
autocomplaciente del mítico italomezquino.
Me pongo a llorar al oír las
canciones de Aguilar, de pena y también de rabia. Me pongo a
llorar porque soy devoto de un desconocido para la mayor
parte de mi generación. Devoto del olvido. Mientras en mi
derredor pavonean los devotos del provincianismo de Imperio:
Oh so cool.
Y este amor a los muertos, y
este odio a los vivos, es el que me hace seguir.
Sé que tengo mucho de mi
abuelo. Probablemente también tengo del otro, del
maltratador, al que me alegra no haber tratado porque quizá
le entendiera. (No le juzgo: no le conocí y el hombre me dio
una buena madre, eso le debo. Quizás ambas cosas.)
Qué hermoso debe ser matar
(desprecio la preposición, le arrebata lo rotundo).
Mientras escriba no hay cuidado. Mientras me permitan
escribir.
Pero si pudiera, haría como Paul
Newman en “El juez de la horca”, agarraría a toda la Humanidad
y la ahorcaría con mis propias manos, sin un titubeo. Y que
su estertor lo acunara mi melopea: “Por caja quiero un sarape, por cruz
mis dobles cananas y, escrito sobre mi tumba, mi último
adiós con mil balas. Ay, corazón, ¿por qué no amas?”.
Por supuesto, me estaría dirigiendo a mí.
O, Don Antonio, como usted solía
decir tan bonito: “Me pienso morir peleando.”
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